Hoy quiero compartir el discurso que di en la reunión sacramental como parte del obispado, en el que hablé sobre la memoria y el perdón. Es un tema que me ha tocado profundamente, y espero que las palabras que compartí puedan resonar y traer algo de paz y reflexión a quienes lo lean.
Las Memorias y el Perdón
Cuando tenía aproximadamente 5 años por ahí por el año 95 mas o menos una de mis actividades favoritas eran las que tenía en los días de vacaciones al viajar en quito unan por el tiempo que nos daban los que recuerden esa época las vacaciones duraban dos meses o un poquito mas dependiendo la escuela y otra el tiempo que pase en casa de mi primo mayor unos de los primeros nietos de mi abuela, al ser el primero también fue él, uno de los primero en tener las cosas más interesantes y novedosas del momento y una de ellas era que como regalo al pasar al colegio militar recibió de su padre una computadora pentium uno para ese tiempo era lo mas moderno; me acuerdo como si fuera ayer esa sensación de curiosidad y la emoción de pasar las tardes y noches jugado un solo videojuego que de hecho se podía acceder mediante la inserción de un diskette que era lo único que podia hacer en ese computador además de encenderlo. más adelante ya para el 2000 tuve la oportunidad de tener mi primera computadora ya una pentiun 4 y no recordaba ni cómo encenderla, mis memorias de niño jugando en la computadora todo el dia y de al menos poder encenderla se había esfumado, nació la necesidad de buscar nuevamente a mi primo para que me enseñara a usarla cosa que nunca hizo pero si me dio una gran lección ya que al sentirse abordado por no decir molestado para que me enseñara, termino diciendo las palabras mas sabias que recuerdo de mi niñez “si quieres aprender debes desprogramar, las computadoras están diseñadas para volverse a configurar y volver a estar bien” de hecho se ofreció a ayudarme el dia que por accidente la desprograme cosa que no paso porque aprendí del ensayo error, osea yo mismo lo arreglaba y desde entonces esto a sido una bendición en mi vida no por el hecho de desprogramar si no por aprender del error.
Así como en mi infancia aprendí que una computadora puede descomponerse o desconfigurarse y volver a configurarse, también comprendí que el alma humana puede restaurarse, nos equivocamos, herimos, somos heridos. y aunque no podemos borrar lo que paso porque la memoria no se borrar, si podemos pedir a Dios que nos ayude a reconfigurar lo que sentimos ante ese recuerdo, entendí que el corazón funciona igual tal y como dice el Salvador en Isaías 1:18
“Venid ahora, dice Jehová, y razonemos juntos: aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque sean rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana.”
El Señor nos dice algo profundo:
“Venid ahora... razonemos juntos.” no dice olvida lo que hiciste, el perdón no nos quita la condición de humanos del recuerdo pero tampoco nos exige una perfección imposible más bien nos invita a razonar con Él y sentarnos como lo haría un padre amoroso y revisar nuestra historia no para borrarla si no para transformarla
“Aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos...”
Queridos hermanos esto no significa que el pasado desaparece, significa que con la ayuda de nuestro Padre Celestial y la expiación lo que antes dolía ahora nos enseña, el perdón no borra las memorias pero transforma de rojo a blannco, el recuerdo sigue allí pero ya no duele igual Como dice la psiquiatra Marian Rojas,
“El perdón convierte el trauma en experiencia”. Lo que antes era un trago amargo, ahora se vuelve una lección que puedo digerir. Ya no me destruye: me transforma.
Ahora bien es posible que pensemos que el perdón nos libera porque la expiación es infinita y hace posible sanar el alma herida sin embargo nos anclamos al pasado como si fuéramos una barco en medio del mar. Para entender mejor esta parte lo comparare nuevamente con la computadora, esta vez con el disco duro, alguna vez se preguntaron porque es posible configurar una computadora que dañamos, esto es porque en ocasiones el daño queda guardado en la memoria conocido como disco duro, al borrar algo por accidente realmente no se borra permanece ahí por una largo tiempo y lo que hacemos es volver a hacer una nueva memoria encima de la que ya está dañada entonces vuelve a funcionar igual que nosotros tenemos la necesidad de escribir nuevas memorias que desvíen el foco que nos ancla al pasado y nos desconfigura. El profeta Moroni dijo en Éter 12:4:
“de modo que los que creen en Dios pueden tener la firme esperanza de un mundo mejor, sí, aun un lugar a la diestra de Dios; y esta esperanza viene por la fe, proporciona un ancla a las almas de los hombres y los hace seguros y firmes, abundando siempre en buenas obras, siendo impulsados a glorificar a Dios”.
tener la firme esperanza de un mundo mejor no es borrar, sino soltar. Y luego, construir nuevas memorias que nos anclen en la esperanza, al hablar de esperanza estamos hablando de algo que fijamos como meta en el futuro algo así como lo que llamamos una meta en un plan de vida y en un propósito más alto
El presidente Russell M. Nelson enseñó:
“No es fácil perdonar a quienes nos han decepcionado, herido, engañado o difundido falsos rumores sobre nosotros. No obstante, no perdonar a los demás es veneno para nosotros. Los rencores son una carga. [...] Si el perdón parece imposible en este momento, supliquen el poder a través de la sangre expiatoria de Jesucristo para que les ayude. Al hacerlo, les prometo paz personal.”
El perdón es un regalo. No solo para quien lo recibe, sino también para quien lo otorga. Es el acto espiritual de reconfigurar el alma. No estamos llamados a olvidar lo que pasó, sino a liberarnos del poder que tiene sobre nosotros. Como dijo alguien: el perdón no borra la memoria, pero la vuelve habitable. Y esa es una forma de milagro.
A veces, no es que no queramos perdonar... es que no sabemos cómo perdonarnos a nosotros mismos. Nos aferramos a la culpa, al juicio, y eso bloquea el proceso de sanar.
El escritor Álex Rovira Celma dice algo que me marcó profundamente:
“Cuando juzgamos a los demás, en realidad estamos confesando algo de nosotros mismos.”
Esto me hizo pensar: muchas veces los juicios que lanzamos a otros nacen del dolor que todavía no hemos sanado en nosotros. Tal vez lo que nos cuesta perdonar al otro es el reflejo de algo que todavía no hemos enfrentado en nuestro interior.
Y es ahí donde entra el amor de Dios. Porque solo razonando con Él, sentándonos con sinceridad, y dejando que Su perdón entre en nosotros primero, podemos encontrar la paz que nos falta para dejar de juzgar y empezar a liberar.
