lunes, 27 de octubre de 2025

Tercer discurso en el Obispado: La Fuerza de los Fundamentos: Volver para Sanar

 El día de ayer di mi segundo discurso en el obispado, fue un momento emotivo para mi poder compartir memorias que son sensibles de mi infancia. Practique varias veces para no quebrarme en ciertas partes del discurso en las que me refiero a mi en la experiencia de la infancia. En fin aquí está el discurso:



La Fuerza de los Fundamentos: Volver para Sanar

Antes de conocer la Iglesia, vivía el día a día sin metas claras, sin un orden. Gran parte de esto se debía, según yo, a que cuando mi mamá quedó sola, empezó a trabajar todas las jornadas que se permitían en ese tiempo en la docencia. Entonces, mis hermanos y yo quedábamos al cuidado de mis tías adolescentes que, con sus propias crisis, hacían que la supervisión fuera escasa.

Una de las cosas que más me marcaron en la época fueron los desafíos académicos, que por el momento no eran tan relevantes para mí. Con mi hermano conversábamos entre risas que solo un genio tenía la capacidad de aprender en un mes lo que a otras personas les costaba un año; un mes era el tiempo que nos daban hasta el examen de supletorio.

Aunque nunca nos quedamos de año, perdíamos gran parte de nuestras vacaciones. Ese fue uno de los motivos, junto con el conocimiento de la Iglesia, que hicieron que mis últimos 3 años de colegio y los que siguieron para terminar mis estudios profesionales los lograra con éxito, sin que tuviera que pasar por un supletorio.

Cuando conocí la Iglesia, mi vida se tornó más ordenada. Aprendí tres principios que me dieron un propósito, algo que lograr día a día. Leer las Escrituras se volvió un hábito que abrió un sinnúmero de posibilidades, no solo espirituales sino también personales y académicas. Aprendí que cuando ponemos a Dios en primer lugar, obedeciendo el día de reposo, todo lo demás encuentra su lugar.

Los primeros milagros en mi vida se dieron después de una súplica a Dios, a través de una oración o bendición del sacerdocio. Recuerdo haber tenido la fuerte impresión de dar una bendición del sacerdocio a mi hermano justo para dar un examen difícil en su último año. Antes de que saliera de casa, tomé una silla y lo senté en mi cuarto. Las palabras "te bendigo para que recuerdes lo que has estudiado" se cumplieron y, al final del día, regresó con una gran sonrisa y sumamente sorprendido de haber aprobado su examen.

Así también me llenó de mucho gozo ver a dos hermanas —una hija que daría su primer discurso y su madre— abrazarse fuertemente antes de subir al púlpito y elevar una oración juntas. Fue un instante sencillo, pero profundamente espiritual. Luego de eso, ella daría un excelente discurso.

En las Escrituras, el rey Benjamín, un profeta del Libro de Mormón, dio uno de los mensajes más largos de la historia del Libro de Mormón. Se puede decir que fue una de las primeras conferencias, en la que mandó a construir tiendas al pueblo en dirección del templo para que escucharan la voz de su rey y profeta. En este discurso, que duró horas y tal vez días, expresa lo siguiente:

19 Porque el hombre natural es enemigo de Dios, y lo ha sido desde la caída de Adán, y lo será para siempre jamás, a menos que se someta al influjo del Santo Espíritu, y se despoje del hombre natural, y se haga santo por la expiación de Cristo el Señor, y se vuelva como un niño: sumiso, manso, humilde, paciente, lleno de amor y dispuesto a someterse a cuanto el Señor juzgue conveniente infligir sobre él, tal como un niño se somete a su padre.  (Mosíah 3:19)

En estas proféticas palabras es como si nos estuviera exhortando a retroceder en el tiempo y ser niños. Pero, en términos más profundos, yo diría que más que hacer lo bueno o vivir el día a día como miembro de la Iglesia, el poder del Evangelio está en cómo lo hacemos: siendo discípulos de Cristo con un corazón humilde, tal como un niño. Volviendo al comienzo, esta idea va de la mano o en paralelo fuera de la teología.

En el psicoanálisis, por ejemplo, se postula que hay etapas en nuestra vida adulta que, a veces, solo se pueden superar volviendo simbólicamente a la infancia para reconciliarnos con nuestro pasado y, en ese punto, lograr la famosa catarsis, que es el desahogo y el perdón por haber cerrado el corazón al alimento espiritual.

El apóstol Pablo, al reprender a los santos, ya nos lo decía antes de que los filósofos lo descubrieran en la psique humana. En Hebreos 5:12-14:

12 Porque debiendo ser ya maestros después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros principios de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche, y no de alimento sólido.

13 Porque todo aquel que participa de la leche es inexperto en la palabra de la justicia, porque es niño;

14 pero el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por la costumbre tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal.

Aquí aparece el término "niño" para indicarnos la necesidad de alimento blando cuando, con el tiempo, nos volvemos inexpertos o, en otras palabras, descuidados con los primeros principios. También nos confirma que no importa el tiempo en la Iglesia o el llamamiento que tengamos. La madurez espiritual no significa abandonar la leche. Si nuestra vida espiritual se siente estancada, la solución es volver humildemente, como el niño de la escritura en Mosíah, a la leche pura de los primeros principios. Así entendemos la doctrina y, cuando entendemos la doctrina, dejamos de solo "hacer las cosas" para "sentir las cosas que hacemos".

Si bien es cierto los primeros principios del Evangelio son fe en Jesucristo, arrepentimiento, bautismo y la recepción del don del Espíritu Santo, estos no son un curso que aprobamos una vez en nuestra infancia espiritual y luego olvidamos; son el fundamento vivo. La leche de la que habla Pablo es el nutriente esencial que necesitamos todos los días para que el alimento sólido de la madurez espiritual pueda ser digerido. Entonces, es aquí donde necesitamos de activadores que renuevan estos principios:

La oración y la lectura de las Escrituras son la forma en la que ejercemos, aumentamos y alimentamos nuestra fe en Jesucristo, que es el primer principio. Es donde aprendemos a aplicar el arrepentimiento, que es el segundo principio, y en donde encontramos la guía del Espíritu Santo, que es el cuarto principio.

El presidente Ezra Taft Benson enseñó repetidamente que el descuido del Libro de Mormón es el origen de la debilidad espiritual y dice textualmente:

"No nos engañemos; así como el Libro de Mormón trae a los hombres a Cristo, así la negligencia de este libro aleja a los hombres de Cristo.

"...No todos los santos que han recibido un testimonio del Libro de Mormón permanecen firmes. Algunos se apartan. Algunos se vuelven inactivos. Algunos apostatan. No podemos apartarnos del libro y permanecer con la Iglesia."

"El Libro de Mormón es la Palabra de Dios", Conferencia General de abril de 1975

Entonces, si dejar de leer las Escrituras es el primer paso para la inactividad, volver a leerlas es el primer paso para volvernos espiritualmente firmes.

Asistir a la Iglesia es el acto central para participar de la Santa Cena. Es la forma en la que recordamos nuestro bautismo, que es el tercer principio. Al participar dignamente, demostramos nuestro arrepentimiento continuo, que es el segundo principio, y se nos promete la bendición fundamental de que siempre podamos tener su Espíritu con nosotros, que es el cuarto principio.

Es aquí donde la asistencia a la Iglesia cambia de un simple "hacer" a "sentir". Como dice el escritor Álex Rovira Celma: "saber amar es saber mirar". El "sentir" la Iglesia es aplicar esta idea: mirar a nuestros hermanos del barrio Florida, despojarnos de las ofensas y prejuicios del adulto, y ver a los demás con paciencia y el amor de un niño. Es mirar a quién podemos servir, a quién podamos escuchar, a quién podamos amar.

Cuando volvemos a estas bases, dejamos de ser inexpertos en la palabra de justicia y dejamos que la expiación sane nuestra vida espiritual adulta. Testifico que es así, en el nombre de Jesucristo. Amén.



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