Muy buenas tardes, mis queridos jóvenes. El día de hoy me siento muy contento de poder estar aquí para dirigirme a ustedes con este pequeño mensaje que se me ha asignado compartir junto a mi esposa. Ya hace casi dos años que se me pidió dirigirme a ustedes, pero con un tema netamente de psicología. Es la primera vez que lo hago junto a Sally, y es una experiencia diferente y especial.
Me encantaría comenzar hablando un poco de mí —ya que está de moda esto del storytelling— para poder relacionarlo con el tema que quiero compartirles.
Cuando estaba en el colegio, por ahí por el primero de bachillerato, me encontraba en una transición. Llevaba un año separado de mis compañeros originales porque una prueba vocacional me ubicó en una especialidad que yo no quería. "Será un año de soledad", me decía a mí mismo. Sin embargo, en esa temporada llegué a aprender sobre lo que hoy es uno de mis hobbies favoritos. Lo que empezó como una obligación, terminó convirtiéndose en mi pasatiempo. Esos elementos técnicos que antes eran una pesadilla, hoy son mis herramientas de juego. Mi esposa lo sabe; de hecho, uno de los regalos que ella me dio antes de casarnos fue una caja de herramientas que aún tengo y que siempre estoy llenando con cosas nuevas, al punto de que ya necesito comprar otra.
Como ustedes saben, soy psicólogo, y curiosamente esa parte técnica me enseñó algo que en mi profesión me ayuda a entender el comportamiento humano. Hoy trataré de hacerles una analogía usando cosas básicas de los circuitos eléctricos.
El primer principio que aprendí es la función de un interruptor y de un fusible antes de llegar a un aparato eléctrico. El interruptor permite o detiene el paso de la energía. Esto se parece mucho a cuando tomamos decisiones: nosotros damos paso a pensamientos, palabras y acciones. Nosotros somos los agentes; usamos nuestro albedrío para ser ese interruptor.
En nuestra vida, no basta con simplemente "tomar decisiones" (activar el interruptor). Necesitamos de esos fusibles —el conocimiento y los límites establecidos— para salvarnos la vida. A esto, el élder David A. Bednar lo explicó de la siguiente manera:
“Piensen en que se nos manda —no se nos exhorta ni aconseja simplemente, sino que se nos manda—... Permítanme sugerir que, en las Escrituras, el calificativo “moral” no es solo un adjetivo, sino quizás también una directiva divina sobre cómo debemos usar el albedrío.
El conocido himno “Haz el bien” se titula así por una razón. No se nos ha bendecido con albedrío moral para que hagamos lo que queramos y cuando queramos; más bien, de conformidad con el plan del Padre, hemos recibido el albedrío moral para buscar la verdad eterna y actuar de acuerdo con ella”.
Aquí cambia la perspectiva. Antes del interruptor, nuestra vida necesita ese fusible sensible a las cargas que dañarían todo a su paso. Hemos escuchado muchas veces que al hacer convenios en el bautismo o en el templo "perdemos" nuestro albedrío porque firmamos un contrato. Eso no es correcto. Lo que ocurre es que nuestro albedrío se vuelve un albedrío moral. La libertad no desaparece, se vuelve sagrada y responsable. Ya no podemos decir "haré lo que quiera y no pasa nada", porque tenemos un convenio que actúa como ese fusible protector.
Y al hablar de ese fusible que salta ante cargas fuertes, quiero relacionarlo directamente con las emociones fuertes.
Antes de conocer la Iglesia, yo tenía exactamente 15 años y estudiaba en el Colegio El Oro. Un primo mío, que era de Arenillas, llegó a vivir a mi casa porque estaba en su último año y tenía que hacer prácticas. En ese tiempo él me pareció alguien súper chévere; literalmente era como tener a tu misionero favorito viviendo en tu propia casa. Él tenía el espíritu misional a flor de piel. Me llevó a la capilla y, en pleno domingo de ayuno y testimonio, se paró enfrente, dio su testimonio y me presentó ante todos. En ese momento yo me quería hacer "quitito", pero no pude.
Con el tiempo, cuando llegaron los misioneros y escuché la charla de la Primera Visión, sentí el Espíritu. Sentía que ya la había escuchado antes. Sin embargo, toda esa emoción se opacó el día que mi primo se fue a la misión. Me quedé solo y empecé a imaginarme cómo sería mi vida sin él. No es que no hubiera sentido el Espíritu testificando la veracidad de la Iglesia, pero lo que sentía en ese momento era una mezcla de emociones muy fuertes confundidas con mi testimonio. Me sentía solo. Pero fue justamente en ese momento de soledad en el que empecé a crecer. Ahí recién nació el amor real por el Evangelio, porque la emoción inicial pasó, y ahora me tocaba amarlo por mí mismo.
El psiquiatra Enrique Rojas dice que: “El enamoramiento es una emoción apasionada… Es el principio, el empujón que pone en marcha toda la maquinaria psicológica de los sentimientos, y en los comienzos estos tienen una enorme fuerza. Pero eso tiene validez solo al principio. El amor es como un fuego que hay que alimentar día a día”.
En psicología llamamos a ese amor apasionado inicial "Limerencia". Es esa electricidad, esa emoción que se vuelve adictiva y que el mundo les dice a ustedes, los jóvenes: "déjense llevar, sáltense los límites, sáltense el matrimonio o los convenios".
Pero recuerden el tema del fusible: este salta cuando hay sobrecarga. No podemos darle mucha energía a una instalación que aún no es adecuada para soportarla, o nos quedaremos sin luz antes de tiempo, tal como cuando reventé los cables de mi casa. Al principio, con esas emociones, van a ver mucha "luz" y chispas, pero los circuitos terminan estallando porque, al estar literalmente dopados con químicos naturales del cerebro, no logramos ver las red flags o banderas rojas.
Mis queridos jóvenes, protejan su instalación espiritual. Usen su albedrío moral y permitan que los convenios sean esos fusibles que los protejan de las sobrecargas que el mundo ofrece. Lo comparto con ustedes en el nombre de Jesucristo. Amén.







