martes, 3 de marzo de 2026

La Consola, el Camino y el Modo Supervivencia

El discurso con el que me dirigiré hoy a ustedes, hermanos, debí darlo en Navidad. Pero, debido a mi viaje a Quito, no logré darlo junto al obispado; así que mi buen amigo Osmany amablemente me lo recordó con palabras textuales y citó: “Presi, le toca discurso por volteado”. Pero gracias. Es una bendición poder dirigir unas palabras recordando la importancia de ser o llegar a ser autosuficientes.


En los viajes que hacemos a Quito normalmente tenemos diferentes experiencias. Hemos empezado a viajar todos los años desde que compramos nuestro primer carro, que era un pequeño Spark. En uno de los viajes, el primero que hicimos, salimos del templo y le dije a mi esposa: “Mira, ya estamos en Guayaquil, más cerca de Quito, ¿qué te parece si vamos?”.

Y, pues, empezamos la ruta con el GPS porque sería la primera vez. Algo que no sabía era que necesitábamos internet si no descargaba el mapa en mi teléfono, y que pasaríamos por lugares donde no hay señal. Así que, ¿ya se imaginan qué pasó? El mapa se volvió loco y nos llevó en otras direcciones. Empezamos a ir por páramos y reservas ecológicas, con muchos paisajes bonitos, pero durante el camino no habíamos considerado revisar brevemente si el carro estaba en condiciones de subir muchas cuestas.

Empezó a caer la noche, las luces no eran adecuadas y casi no podíamos ver la carretera; en las subidas, el motor empezó a calentarse. Para resumir: un viaje que normalmente duraría 7 horas, duró 12. Hubo momentos, en lugares con mucho frío, en los que queríamos tirar la toalla y volver, pero seguimos con calma, orando y haciendo paradas cortas.

Actualmente, ya conocemos mejor el camino y, aunque siempre pasamos por baches, tráfico excesivo, desvíos y otras cosas que nos cortan el viaje tranquilo, siempre es satisfactorio llegar a casa junto a la familia en cualquiera de los dos destinos.

Este pensamiento me hizo reflexionar en cuanto a la vida y las relaciones familiares. Emprendemos una amistad, un noviazgo o el matrimonio pensando que el viaje será recto, a pesar de no haber comprobado las condiciones del camino. Muchas veces llegamos a los "baches" de la vida y decidimos que ahí se acabó el viaje. Nos estacionamos en la orilla y nos ponemos cómodos: dejamos de hablarnos y hacemos como que nada pasó hasta que alguien más venga a rescatarnos.

Es en ese momento cuando entramos en lo que yo llamo "modo supervivencia", porque nos conformamos con sobrevivir en lugar de solucionar o reconstruir.

El élder Dieter F. Uchtdorf explicaba en una conferencia para el sacerdocio que podemos llegar a ser como aquel hombre que ahorró mucho para poder ir a un crucero. Como no quería gastar más de lo que ya había gastado en el boleto, se limitó a comer solo galletas y jugos en polvo. Ya cuando estaba por terminar el crucero, alguien se acercó a preguntarle a qué fiesta iría para la despedida. Al ver su confusión, le explicó que en el boleto ya estaba incluida la comida y muchos otros beneficios. Pasó días comiendo migajas cuando tenía derecho a un banquete.

He notado que muchas veces pensamos que ya todo está dicho o que ya estamos "configurados" para sufrir. He escuchado frases como: "Así soy yo", "Está en mi genética" o, lo más común, llegamos a acostumbrarnos a vivir en ese entorno caótico porque así es como nos criaron nuestros padres, abuelos o tatarabuelos. Pero vivir en modo supervivencia, comiendo galletas y jugo, es una elección que puede cambiar. Y no solo lo digo yo, es un dato científico.

La neuróloga Rosa Casafont, en un libro que estoy leyendo llamado Viaje a tu cerebro emocional, menciona que, si bien es cierto que el ADN es ese manual fijo que heredamos, se ha descubierto un elemento llamado el "componente epigenético". Este siempre ha estado ahí, pero ahora se sabe su función.

Podemos compararlo con una consola de sonido de esas modernas que tiene el obispo Virgilio. Esa consola tiene muchas perillas y botones para regular el audio. Nuestro ADN es igual: aunque por nuestro entorno o crianza estemos configurados con el volumen alto en el miedo, la ira o la tristeza (lo que llamaríamos "música desafinada"), eso no es una condena. Nosotros tenemos el poder de mover los botones. Con esfuerzo, podemos bajarle el volumen a esos defectos y subirle la intensidad a la paciencia y el amor.

Y el hallazgo más hermoso de la ciencia es que, cuando nosotros nos esforzamos por "regular nuestra consola", esa nueva configuración se graba en nuestro material biológico y podemos heredarla a nuestros hijos. Podemos romper la cadena y heredarles una música mejor.

Cuando mi mamá vivía en el campo, en un pueblito más allá de Santa Rosa, me contaba que era común que, terminando el colegio, las chicas se dedicaran a cuidar de las fincas o se casaran muy jóvenes. Ella nunca quiso quedarse ahí; luchó mucho para poder estudiar en la universidad. De hecho, logró jubilarse el año pasado porque empezó a trabajar muy joven, aun mientras estudiaba. Ahora entiendo que ella configuró esta "consola genética" para que mis hermanos y yo también pudiéramos tener ese privilegio.

W. Cleon Skousen enseñó: “La Expiación de Jesucristo hizo mucho más que pagar una deuda; proporcionó el poder mediante el cual podemos progresar hacia la perfección”. En otras palabras, Cristo no solo borra errores; nos habilita para cambiar, crecer y salir del modo supervivencia.

Testifico que Cristo es la Roca; no solo nos levanta cuando nos caemos, sino que también nos acompaña de la mano cuando estamos dispuestos a caminar. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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