martes, 3 de marzo de 2026

El Circuito del Amor: Energía, Decisiones y Convenios

Muy buenas tardes, mis queridos jóvenes. El día de hoy me siento muy contento de poder estar aquí para dirigirme a ustedes con este pequeño mensaje que se me ha asignado compartir junto a mi esposa. Ya hace casi dos años que se me pidió dirigirme a ustedes, pero con un tema netamente de psicología. Es la primera vez que lo hago junto a Sally, y es una experiencia diferente y especial.

Me encantaría comenzar hablando un poco de mí —ya que está de moda esto del storytelling— para poder relacionarlo con el tema que quiero compartirles.

Cuando estaba en el colegio, por ahí por el primero de bachillerato, me encontraba en una transición. Llevaba un año separado de mis compañeros originales porque una prueba vocacional me ubicó en una especialidad que yo no quería. "Será un año de soledad", me decía a mí mismo. Sin embargo, en esa temporada llegué a aprender sobre lo que hoy es uno de mis hobbies favoritos. Lo que empezó como una obligación, terminó convirtiéndose en mi pasatiempo. Esos elementos técnicos que antes eran una pesadilla, hoy son mis herramientas de juego. Mi esposa lo sabe; de hecho, uno de los regalos que ella me dio antes de casarnos fue una caja de herramientas que aún tengo y que siempre estoy llenando con cosas nuevas, al punto de que ya necesito comprar otra.

Como ustedes saben, soy psicólogo, y curiosamente esa parte técnica me enseñó algo que en mi profesión me ayuda a entender el comportamiento humano. Hoy trataré de hacerles una analogía usando cosas básicas de los circuitos eléctricos.

El primer principio que aprendí es la función de un interruptor y de un fusible antes de llegar a un aparato eléctrico. El interruptor permite o detiene el paso de la energía. Esto se parece mucho a cuando tomamos decisiones: nosotros damos paso a pensamientos, palabras y acciones. Nosotros somos los agentes; usamos nuestro albedrío para ser ese interruptor.


Pero por otro lado está el fusible. Una vez, practicando en casa con una maqueta, coloqué unos fusibles flexibles —de esos que parecen alambres— de forma equivocada. Como la instalación eléctrica de mi casa era muy viejita, ocasioné un cortocircuito que nos dejó sin luz toda la noche y que hizo que mi tía saliera corriendo y gritando por la explosión de cables. Ahí entendí que la energía es maravillosa, pero solo si se controla con las medidas necesarias. El uso de los fusibles, aunque en mi caso fue inadecuado, evitó un incendio o una tragedia peor.

En nuestra vida, no basta con simplemente "tomar decisiones" (activar el interruptor). Necesitamos de esos fusibles —el conocimiento y los límites establecidos— para salvarnos la vida. A esto, el élder David A. Bednar lo explicó de la siguiente manera:

“Piensen en que se nos manda —no se nos exhorta ni aconseja simplemente, sino que se nos manda—... Permítanme sugerir que, en las Escrituras, el calificativo “moral” no es solo un adjetivo, sino quizás también una directiva divina sobre cómo debemos usar el albedrío.

El conocido himno “Haz el bien” se titula así por una razón. No se nos ha bendecido con albedrío moral para que hagamos lo que queramos y cuando queramos; más bien, de conformidad con el plan del Padre, hemos recibido el albedrío moral para buscar la verdad eterna y actuar de acuerdo con ella”.

Aquí cambia la perspectiva. Antes del interruptor, nuestra vida necesita ese fusible sensible a las cargas que dañarían todo a su paso. Hemos escuchado muchas veces que al hacer convenios en el bautismo o en el templo "perdemos" nuestro albedrío porque firmamos un contrato. Eso no es correcto. Lo que ocurre es que nuestro albedrío se vuelve un albedrío moral. La libertad no desaparece, se vuelve sagrada y responsable. Ya no podemos decir "haré lo que quiera y no pasa nada", porque tenemos un convenio que actúa como ese fusible protector.

Y al hablar de ese fusible que salta ante cargas fuertes, quiero relacionarlo directamente con las emociones fuertes.

Antes de conocer la Iglesia, yo tenía exactamente 15 años y estudiaba en el Colegio El Oro. Un primo mío, que era de Arenillas, llegó a vivir a mi casa porque estaba en su último año y tenía que hacer prácticas. En ese tiempo él me pareció alguien súper chévere; literalmente era como tener a tu misionero favorito viviendo en tu propia casa. Él tenía el espíritu misional a flor de piel. Me llevó a la capilla y, en pleno domingo de ayuno y testimonio, se paró enfrente, dio su testimonio y me presentó ante todos. En ese momento yo me quería hacer "quitito", pero no pude.

Con el tiempo, cuando llegaron los misioneros y escuché la charla de la Primera Visión, sentí el Espíritu. Sentía que ya la había escuchado antes. Sin embargo, toda esa emoción se opacó el día que mi primo se fue a la misión. Me quedé solo y empecé a imaginarme cómo sería mi vida sin él. No es que no hubiera sentido el Espíritu testificando la veracidad de la Iglesia, pero lo que sentía en ese momento era una mezcla de emociones muy fuertes confundidas con mi testimonio. Me sentía solo. Pero fue justamente en ese momento de soledad en el que empecé a crecer. Ahí recién nació el amor real por el Evangelio, porque la emoción inicial pasó, y ahora me tocaba amarlo por mí mismo.

El psiquiatra Enrique Rojas dice que: “El enamoramiento es una emoción apasionada… Es el principio, el empujón que pone en marcha toda la maquinaria psicológica de los sentimientos, y en los comienzos estos tienen una enorme fuerza. Pero eso tiene validez solo al principio. El amor es como un fuego que hay que alimentar día a día”.

En psicología llamamos a ese amor apasionado inicial "Limerencia". Es esa electricidad, esa emoción que se vuelve adictiva y que el mundo les dice a ustedes, los jóvenes: "déjense llevar, sáltense los límites, sáltense el matrimonio o los convenios".

Pero recuerden el tema del fusible: este salta cuando hay sobrecarga. No podemos darle mucha energía a una instalación que aún no es adecuada para soportarla, o nos quedaremos sin luz antes de tiempo, tal como cuando reventé los cables de mi casa. Al principio, con esas emociones, van a ver mucha "luz" y chispas, pero los circuitos terminan estallando porque, al estar literalmente dopados con químicos naturales del cerebro, no logramos ver las red flags o banderas rojas.

Mis queridos jóvenes, protejan su instalación espiritual. Usen su albedrío moral y permitan que los convenios sean esos fusibles que los protejan de las sobrecargas que el mundo ofrece. Lo comparto con ustedes en el nombre de Jesucristo. Amén.



La Consola, el Camino y el Modo Supervivencia

El discurso con el que me dirigiré hoy a ustedes, hermanos, debí darlo en Navidad. Pero, debido a mi viaje a Quito, no logré darlo junto al obispado; así que mi buen amigo Osmany amablemente me lo recordó con palabras textuales y citó: “Presi, le toca discurso por volteado”. Pero gracias. Es una bendición poder dirigir unas palabras recordando la importancia de ser o llegar a ser autosuficientes.


En los viajes que hacemos a Quito normalmente tenemos diferentes experiencias. Hemos empezado a viajar todos los años desde que compramos nuestro primer carro, que era un pequeño Spark. En uno de los viajes, el primero que hicimos, salimos del templo y le dije a mi esposa: “Mira, ya estamos en Guayaquil, más cerca de Quito, ¿qué te parece si vamos?”.

Y, pues, empezamos la ruta con el GPS porque sería la primera vez. Algo que no sabía era que necesitábamos internet si no descargaba el mapa en mi teléfono, y que pasaríamos por lugares donde no hay señal. Así que, ¿ya se imaginan qué pasó? El mapa se volvió loco y nos llevó en otras direcciones. Empezamos a ir por páramos y reservas ecológicas, con muchos paisajes bonitos, pero durante el camino no habíamos considerado revisar brevemente si el carro estaba en condiciones de subir muchas cuestas.

Empezó a caer la noche, las luces no eran adecuadas y casi no podíamos ver la carretera; en las subidas, el motor empezó a calentarse. Para resumir: un viaje que normalmente duraría 7 horas, duró 12. Hubo momentos, en lugares con mucho frío, en los que queríamos tirar la toalla y volver, pero seguimos con calma, orando y haciendo paradas cortas.

Actualmente, ya conocemos mejor el camino y, aunque siempre pasamos por baches, tráfico excesivo, desvíos y otras cosas que nos cortan el viaje tranquilo, siempre es satisfactorio llegar a casa junto a la familia en cualquiera de los dos destinos.

Este pensamiento me hizo reflexionar en cuanto a la vida y las relaciones familiares. Emprendemos una amistad, un noviazgo o el matrimonio pensando que el viaje será recto, a pesar de no haber comprobado las condiciones del camino. Muchas veces llegamos a los "baches" de la vida y decidimos que ahí se acabó el viaje. Nos estacionamos en la orilla y nos ponemos cómodos: dejamos de hablarnos y hacemos como que nada pasó hasta que alguien más venga a rescatarnos.

Es en ese momento cuando entramos en lo que yo llamo "modo supervivencia", porque nos conformamos con sobrevivir en lugar de solucionar o reconstruir.

El élder Dieter F. Uchtdorf explicaba en una conferencia para el sacerdocio que podemos llegar a ser como aquel hombre que ahorró mucho para poder ir a un crucero. Como no quería gastar más de lo que ya había gastado en el boleto, se limitó a comer solo galletas y jugos en polvo. Ya cuando estaba por terminar el crucero, alguien se acercó a preguntarle a qué fiesta iría para la despedida. Al ver su confusión, le explicó que en el boleto ya estaba incluida la comida y muchos otros beneficios. Pasó días comiendo migajas cuando tenía derecho a un banquete.

He notado que muchas veces pensamos que ya todo está dicho o que ya estamos "configurados" para sufrir. He escuchado frases como: "Así soy yo", "Está en mi genética" o, lo más común, llegamos a acostumbrarnos a vivir en ese entorno caótico porque así es como nos criaron nuestros padres, abuelos o tatarabuelos. Pero vivir en modo supervivencia, comiendo galletas y jugo, es una elección que puede cambiar. Y no solo lo digo yo, es un dato científico.

La neuróloga Rosa Casafont, en un libro que estoy leyendo llamado Viaje a tu cerebro emocional, menciona que, si bien es cierto que el ADN es ese manual fijo que heredamos, se ha descubierto un elemento llamado el "componente epigenético". Este siempre ha estado ahí, pero ahora se sabe su función.

Podemos compararlo con una consola de sonido de esas modernas que tiene el obispo Virgilio. Esa consola tiene muchas perillas y botones para regular el audio. Nuestro ADN es igual: aunque por nuestro entorno o crianza estemos configurados con el volumen alto en el miedo, la ira o la tristeza (lo que llamaríamos "música desafinada"), eso no es una condena. Nosotros tenemos el poder de mover los botones. Con esfuerzo, podemos bajarle el volumen a esos defectos y subirle la intensidad a la paciencia y el amor.

Y el hallazgo más hermoso de la ciencia es que, cuando nosotros nos esforzamos por "regular nuestra consola", esa nueva configuración se graba en nuestro material biológico y podemos heredarla a nuestros hijos. Podemos romper la cadena y heredarles una música mejor.

Cuando mi mamá vivía en el campo, en un pueblito más allá de Santa Rosa, me contaba que era común que, terminando el colegio, las chicas se dedicaran a cuidar de las fincas o se casaran muy jóvenes. Ella nunca quiso quedarse ahí; luchó mucho para poder estudiar en la universidad. De hecho, logró jubilarse el año pasado porque empezó a trabajar muy joven, aun mientras estudiaba. Ahora entiendo que ella configuró esta "consola genética" para que mis hermanos y yo también pudiéramos tener ese privilegio.

W. Cleon Skousen enseñó: “La Expiación de Jesucristo hizo mucho más que pagar una deuda; proporcionó el poder mediante el cual podemos progresar hacia la perfección”. En otras palabras, Cristo no solo borra errores; nos habilita para cambiar, crecer y salir del modo supervivencia.

Testifico que Cristo es la Roca; no solo nos levanta cuando nos caemos, sino que también nos acompaña de la mano cuando estamos dispuestos a caminar. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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